Nota: Lo siguiente constituye un texto que redacté para filosofía en cuartos medios. Lo subo porque alguien puede haberlo extraviado o no haberlo recibido, y acerca de esto habrá pronto una evaluación. De todos modos, para quienes estén en tercero medio, si ya están leyendo estas palabras, nada perderán con leer lo que sigue. Saludos!
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Desde antaño, el hombre ha buscado entender su mundo, comprender su circunstancia, lo ha cual constituye la característica común detrás de las especulaciones míticas, de las conjeturas y preguntas filosóficas, y de las investigaciones sistemáticas y metódicas de la ciencia. También la religión ha tenido esta función: la de darle un marco de certezas fundamentales al creyente, aún cuando el modo a través del cual se funda este proceso, la fe, se rehúsa a la reflexión racional, y por lo tanto, no es posible de ser valida o refutada por este medio.
Pero este problema, el de que las cosas que experimentamos, que conocemos y sentimos tengan algún sentido, que los fenómenos ocurran por una razón, que las cosas sean o no lo que creemos que son, constituyen dolores de cabeza por los que todos, en uno u otro momento, hemos pasado. Es cierto que hoy en día no tenemos que explicar los terremotos y las enfermedades por la intervención castigadora de algún dios temperamental, ni decidimos nuestro futuro de acuerdo a los designios de un oráculo, pero aún así interrogantes siempre quedan. Por qué las personas se comportan de cierta manera cuando podrían hacerlo de otra, cuál es el origen verdadero de las cosas o si hay algo más allá de esta vida, son problemas que, por lo menos a algunas las personas, les preocupan de vez en cuando, aunque sea mientras viajan en la micro o escuchan alguna canción en la radio.
Todas estas interrogantes, esta necesidad de comprender nuestra realidad, nos conduce a una inquietud fundamental: cuál sea el sentido de la vida. Pero esta inquietud no sólo va asociada a entender el mundo, al conocimiento, sino que tiene que ver con otro problema no menos importante: cómo debo, en definitiva, vivir mi vida. Podría hacerlo de muchas maneras, beneficiándome yo mismo, mintiendo, siendo solidario, preocupándome de los demás o compitiendo por un mejor estatus. Cualquiera sea el modo en que decida vivir, es, sin embargo, mi propia decisión. La educación que me hayan dado mis padres, la influencia de mis amigos y las expectativas de los demás influyen, sin duda, en las decisiones que tome. Pero resulta que cuando estoy solo y me encuentro cinco o diez mil pesos a la entrada de mi casa, nadie está ahí para decirme lo que debería hacer. Ni mucho menos lo estarán cuando me enfrente a responsabilidades y problemas mucho más serios y delicados a lo largo de mi vida.
Qué debo hacer no es un problema menor, y aunque seguramente no sea de esos que no nos dejan dormir, constituye una inquietud permanente en nuestra vida – toda nuestra vida nos toca decidir a nosotros, incluso cuando elegimos negarnos a ello o delegamos en otros la responsabilidad de nuestras decisiones.
Pero, ¿existe alguna certeza que pueda orientarnos en este problema? Como todo orden de cosas, no hay nada decididamente cierto, pero cuando menos podemos contar con algunos elementos que es bueno tener en consideración, independientemente de la decisión final que cada uno tome en su vida cotidiana.
Por una parte, tenemos que considerar que siempre, en todo lo que hagamos, hay consecuencias. Esto nos lleva a considerar cosas, a saber, los efectos de nuestras acciones (que no siempre está en nuestro poder controlar), pero también el propósito final de ellas, es decir, las consecuencias que esperamos lograr. Aristóteles, por ejemplo, consideraba que el fin que buscan todas las personas, sea cual sea su condición, era la felicidad. Y ya que todos buscamos esa felicidad, considerada como un estado permanente de satisfacción y autorrealización, lo que debemos hacer para obtener ese estado es sencillamente vivir de cierto modo, sin excesos (estos suelen tener consecuencias también excesivas), cultivando la amistad verdadera, y afrontando la vida con prudencia y aprendiendo de nuestras circunstancias para hacernos más sabios (sabiduría que poco tiene que ver con la erudición abstracta del conocimiento).
Pero no todos los que han pensado este problema desde el punto de vista de las consecuencias ha asumido el punto de vista de Aristóteles. Puede ser sin duda que las personas busquen su felicidad, pero esto también podría tener que ver con algo distinto a un estado psicológico o espiritual. Lo bueno puede ser entonces no una forma de vida, sino que sencillamente la utilidad de las cosas. Si mi bienestar lo encuentro a través de ciertas condiciones concretas (tener unos ingresos satisfactorios, tener ciertos bienes que considero importantes, un trabajo decente, una educación buena, etc.), lo que importa es entonces que cada uno busque la utilidad en lo que hace, pues sólo lo que es útil para mi satisfacción personal es bueno. Tal es el punto de vista, por lo menos, de los utilitaristas. Y podemos seguir esta visión de las cosas hasta una de sus perspectivas más radicales, Maquiavelo, para quien, dada una determinada finalidad (el bien del Estado por sobre el de algunos individuos por ejemplo), no importa el modo en que este se logre. El fin justifica los medios, aunque ello implique medias muy drásticas y poco felices para algunos.
Sin embargo, no sólo las consecuencias (inesperadas o queridas) importan al tomar nuestras decisiones. Importan también, le guste o no al señor Maquiavelo, los medios y las justificaciones de nuestros actos. No sólo vale argumentar en apelación al bienestar de los interesados: un gobierno puede querer enriquecerse y ocultar sus crímenes, y una persona puede esperar ser feliz a costa de utilizar a los otros. La búsqueda por la felicidad es justa, pero no lo justifica todo.
Así, un segundo aspecto relevante en el problema de la decisión moral es el del deber. Por el sólo hecho de ser racional, el ser humano es capaz de proyectarse en términos ideales, lo cual implica que no sólo existe para él lo dado, lo que existe, sino que puede formularse también lo que debería ser. En este sentido, todos poseemos una conciencia moral, una parte de nuestro psiquismo que, toda vez que cometemos una acción, nos “dice” o nos hace sentir que aquello está bien o está mal. Así, esta estructura, coincidente con lo que Freud llamaba el Superyo, y con el daimón o voz de la conciencia en Sócrates, está presente en todo momento, aunque desde luego no siempre nos dejamos guiar por nuestro ángel bueno. De todas maneras, se trata de un aspecto diferente al de velar por la finalidad deseada de nuestras acciones, y hasta incluso tiende a ser opuesto a nuestro interés personal. El altruismo, definido como la conducta que promueve el bienestar ajeno aún a costa del bien personal, y que se muestra en el heroísmo del que da su vida por otros, constituye un perfecto ejemplo de una conducta en la cual la felicidad del individuo resulta secundaria, y precisamente por eso es buena.
Esto nos lleva a considerar otro aspecto. Una persona podría ser solidaria con otras, hacer donaciones y ayudar a los otros. Pero aún en este caso habría que preguntarse por algo más: ¿cuál es la intención detrás de dichas acciones? Puede que sea una ayuda desinteresada, pero también podría ser el caso que lo hiciera para obtener algún otro tipo de beneficio secundario, para subir de estatus social o simplemente quedar bien con otras personas. De allí que el filósofo alemán Immanuel Kant señalara que lo más importante no es la acción en sí misma, ni vivir según ciertas virtudes o mandamientos, sino que la motivación detrás de ello. Y desde su punto de vista, una Voluntad Buena es aquella que actúa desinteresadamente, al margen de los beneficios que obtenga, por mero apego a lo que se debe hacer. Y según Kant, para saber lo que debemos hacer, debemos preguntarnos ¿quisiera yo que lo que pretendo hacer fuera realizado igualmente por cualquier otra persona? De este modo, la propuesta de Kant resulta ser de los modelos éticos más (auto) exigentes que haya ideado la filosofía, y aunque llevarlo a la práctica no sea sencillo, constituye un ideal de conducta que vale la pena cuando menos considerar.
En todo caso, no sólo importa pensar las cosas en abstracto, que es donde la perspectiva kantiana tiende a flaquear, sino que es relevante tomar en cuenta nuestras circunstancias concretas, las personas involucradas, el contexto histórico, etc. De allí que un último aspecto relevante es la tarea de criticar lo que se da por sentado. Es la tarea que le compete a la crítica de la moral, y que incluye entre sus máximos representantes a Friederich Nieztsche, y cuyo interés fue el de denunciar las hipocrecías moralistas de su época (finales del siglo XIX), críticas que en muchos casos aún resultan vigentes. Así, según Nietzsche, el hombre tiende a actuar como rebaños mansos que no cuestionan sus circunstancias, engañándose a sí mismos detrás de conductas cuya única validez es la de que las siguen los demás, y que sin embargo lo autorizan a llamarse a sí mismos buenos, quedando como malos todos aquellos que tienen la insensatez de pensar al margen de las grandes masas y buscando sus propios valores y sus propios ideales. Además, los valores éticos que con tanta facilidad son pregonados por los siempre presentes promotores de la moral y las buenas costumbres, en general son propuestos, según Nietzsche, por individuos resentidos y frustrados que, ya que no han podido satisfacer sus propios instintos, predican la abstinencia y la resignación para todos los demás. De este modo, la crítica de Nietzsche es dura y corrosiva, y en más de una ocasión excesiva, pero aporta el antídoto necesario para despertar de la pasividad y la autocomplacencia, es decir, aquella conducta según la cual cada uno se conforma con creer lo que le resulta más cómodo y tranquilizador, aún cuando no sean más que autoengaños.
Por último, es importante considerar en la ecuación los efectos que nuestras acciones tienen sobre nuestro entorno. Durante varios siglos el hombre, orientado por sus ideales y buscando el bienestar social, hizo lo que quiso en el mundo, explotó la tierra e inventó lo que le pareció suficiente para satisfacer las necesidades de las personas, y desde luego, los intereses insaciables de más de un grupo a lo largo de la historia. Sin embargo, desde hace un par de año ha emergido un elemento que no había sido considerado seriamente con anterioridad, y que se refiere a las consecuencias que nuestro modo de habitar el mundo traen para nuestras generaciones futuras y, por qué no, a la vida misma, sea o no humana. El desastre ecológico (por suerte no tan visible todavía en nuestra región), la disminución de los recursos y las crisis energéticas a lo largo del planeta, obliga a pensar en nuevos criterios para orientar la acción colectiva del hombre, y replantearse el modo en que vivimos y las cosas que deseamos con ello. Es lo que proponen pensadores como por ejemplo Hans Jonas, preocupado por buscar nuevos principios que contribuyan a preservar la vida en el futuro, y filósofos como Peter Singer, específicamente vinculados a la defensa de los derechos animales y al combate del especismo, es decir, aquella tendencia semejante al racismo y al sexismo, y en la cual se tiende unilateralmente a promover los intereses de la especie (humana en este caso) en detrimento del bienestar de otros organismos vivos.
En definitiva, como resulta visible, el problema de las decisiones morales constituye un terreno problemático y polémico, y que exige de nuestra atención, ya que se trata de la justificación de nuestras propias acciones y de sus efectos, y de responsabilidades que, nos guste o no, nos incluyen a todos por igual. Desde luego, es siempre posible ignorar estos problemas, pasar por ellos como si no existieran o no fuesen importantes, y poner por delante nuestro interés inmediato. Pero, ¿no es acaso así como actúa la mayoría, y no es esto lo que tiene nuestro mundo tal como está? Puede ser que estos problemas no tengan una respuesta final, pero es importante poner atención en ellos, pues es siempre preferible una decisión imperfecta pero informada, que actuar ciega, egoísta, irresponsable o ignorantemente. Quede entonces el problema abierto.
PD: Opiniones son siempre muy bien recibidas.


